Alfajores La Charamusca desde Mendoza

Crónicas alfajómanas

Hace unos días en mi fanpage de Alfajómanos Unidos dejé una pregunta a los seguidores: ¿cuál fue el peor alfajor que probaste? Esta pregunta derivó en gran cantidad de respuestas, pero sin duda éste comentario/relato de Guillermo Alén es el mejor que he recibido. Lo comparto con ustedes para que lo disfruten:



Imaginemos esto. Una civilización extraterrestre avanzada llega a una tierra devastada y desprovista de vida, y se encuentra con registros documentales de que alguna vez existió el alfajor. Intrigada, comienza a generar las materias primas e ingredientes necesarios: toma a sus humildes especies nativas y, mediante brutales modificaciones de su código genético, logra crear un sucedáneo alienígena de una vaca, y ordeñan, una civilización que ni siquiera tenía el concepto de ordeñar, el líquido que esa vaca da. 

Cultivan un trigo y un cacao a partir de formas de vida algales de su planeta, las hacen harinas, saborizantes. Amasan, dan forma, crean dos discos, ubican el pastoso relleno y, con enorme respeto hacia esa especie venerable y largamente fenecida -nosotros- le dan a su creación, en las temperaturas óptimas y subtropicales de un planeta que ya no existe, un baño de cobertura.

Esperan a que se enfríe, y con sus palpos, dientes y probóscides, lo prueban. Pero el experimento no los satisface, el triunfo que buscan los esquiva, porque... ¿cómo juzgar con sus alienígenas papilas un producto terrestre? ¿Cómo podrían ellos decidir si su reproducción, incluso si hecha con cariño de orfebre, está a la altura de su original? Ambiciosos, con medios materiales casi ilimitados y mentes clarividentes y poderosas, deciden ir un paso más allá. No alcanza con revivir el alfajor. Deben revivir al humano que lo pruebe y lo juzgue.

Con inmensos gastos de recursos, sondas robóticas peinan la superficie de la tierra calcinada y helada, buscando el tesoro, la célula entera, el rubí genético que les permita hacer la hazaña. Y lo encuentran. Con cuidado estudian su código, tan ajeno, y reproducen con el ADN de una célula muerta hace miles de años en un planeta cuyo nombre siquiera perdura, a Carlos. Cuidadosamente se lo conserva en una simulación digital del mundo en el que vivió, pacientemente reconstruida a partir de archivos, hasta llegar a una edad que sus atentos vigilantes consideran suficiente y óptima.

Carlos se despierta tras un sueño confuso, y se levanta en una casa del temprano siglo XXI ensamblada por estos seres: son sus primeros pasos en el mundo real, pero él no lo sabe. Todo es un gigantesco escenario, de un lugar que hace mucho tiempo se llamó Plaza Miserere. Humanos sintéticos pululan por la calle, van a trabajos inexistentes. Ellos vigilan: la ilusión debe ser perfecta.

Carlos se levanta, camina hasta la parada del colectivo y, atacado por el hambre -que es de décadas, porque nunca ha comido un sólido- se acerca a un sintético vendedor ambulante que proclama su mercancía. Entre sus brazos, en una caja de cartón, hay un único alfajor, en un envoltorio completamente liso y desprovisto de marca. Carlos descubre que en su bolsillo izquierdo está el importe exacto que el vendedor le pide, y lo compra. 

Distraídamente, porque en su memoria lo ha hecho miles de veces, mientras va a la parada del colectivo, desenvuelve el intrigante alfajor, el alfajor que sus creadores reconstruyeron pacientemente, sus creadores que miran la escena que han montado, que necesitan saber, ese alfajor, y lo muerde. Carlos se detiene. Lo mira. Lo muerde de nuevo, lo saborea, meditabundo, mil ojos están sobre él, pero él no lo sabe. Carlos chasquea la lengua, inundado por sensaciones que, atravesando miles de años, suceden, como un chispazo único en el universo, y con voz segura, experta, dice:

- Che, esto tiene gusto a alfajor Ser.

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